Destrucción

El gran monstruo detuvo por un instante la destrucción que su ira salvaje creaba en cada paso. Esa tremenda fuerza destructora se detuvo en el preciso momento que cruzo la mirada con aquel pequeño ser. Ahí, hacia abajo, a kilométrica distancia se encontraba una menuda y rubia mujer, con apariencia de niña, con una mochila colgada en sus hombros. Sus ojos bañados en lagrimas dirigían una mirada hacia las nubes tratando de encontrarse con el rostro de aquel ser primordial que destruía todo. Cuando esto paso, murió el estruendo y nació un silencio vagamente alterado por el gorgoreo de las llamas que consumían los restos de aquella ciudad y por el viento que ansioso se veía de arrastrar el polvo de las cenizas. El monstruo se inclino, y en cuclillas se dispuso a observar a la joven como esperando que algo sucediera. Sucedió un instante después de otro, hasta que acumulados formaron un tiempo y la mitad de otro. Los labios de la joven parecieron moverse, y de su tímida garganta salió una frase: “Te amo”. El monstruo se desvaneció. La bella saco una frazada de su mochila, y con ella cubrió al hombre que ahora reposaba en el suelo frente a ella, en posición fetal, completamente desnudo, y con la tranquilidad retratada en su faz.

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