EL GATO QUE VIAJO A LA LUNA

Mis primeros recuerdos no son muy abundantes, y eso se debe en parte a que mi memoria no es muy buena, y por otro lado, la tardía apertura de mis ojos, situación por la que mis primeros días en este mundo fueron muy oscuros, ciegos diría yo. La ternura de mi madre, sus cuidados, y esa lengua tibia que sentía por mi piel todos los días, me hacían desear enormemente el abrir estos pequeños ojos.

Cuando al fin lo logre, me tope, con que esa ternura de madre, estaba provista de garras, colmillos y bigotes, aunque con una sonrisa bonachona. Si, en ese momento, me entere, de que era yo un gato.

 

No se cuando fue que la vi por primera vez, pero si se cual fue la noche en que me enamore de ella. Fue la primera vez que pude subir a una azotea. Típico, pense que era un enorme queso, y por lo tanto que estaría lleno de ratones que brincaban felices por todos sus agujeros, rechonchos de tanto comer. Tal vez esta era la razón por la que últimamente había tan escaso numero de ratones en el barrio, no parecía descabellado que todos ellos habían encontrado la manera de llegar tan alto, y emigraron en masa a ese paraíso lácteo que estaba colgado del cielo.

Pero esa no es la verdad.

La luna no es de queso, la luna es de leche, y por lo tanto, debe estar inundada de gatos y gatitos, que aburridos de ronronear a sus dueños, volaron en las noches de octubre hasta el felino paraíso.

Mientras, yo sigo enamorado. Me gusta su luz, y siempre me sentare en la azotea, a maullarle mi amor.

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