Aleeb Ma-Kub

Es bastante profundo – menciono Aleeb Ma-Kub, al tiempo que arrojaba un guijarro que había tomado por debajo de un matorral que estaba junto a él. Aleeb nunca había estado tan cerca del Antiguo Cenote Sagrado. Este pozo, según le contaba su abuelo, era igual de viejo que los grandes árboles que se apostaban como gigantes en lo más profundo de la selva. Según decía, eran casi tan viejos como el mundo, y ambos, los arboles, y el cenote, habían  conocido a los dioses antiguos, aquellos que habían sido los responsables de que existiera la raza humana, los hombres de maíz.

 

Aleeb también sabia, por las platicas de su abuelo, que aquel sitio, era peligroso, no tanto por lo profundo del cenote, si no por la presencia de los seres que habitaban el lugar, espíritus de los que murieron sacrificados a los dioses, y estos últimos también, que vagaban por el sitio, con la esperanza de que alguien los recordara y así, volver de su prisión etérea, a la que fueron condenados por medio del olvido. Decidió que era tiempo de volver a casa, pero se le ocurrió hacer algo antes de dar media vuelta y tomar la vereda por la cual había llegado. Se paro lo más que pudo a la orilla del cenote, no sin titubear, pues algunas piedras flojas, cayeron de improviso, dándole un susto terrible. Sin embargo, continúo con su acercamiento, a la orilla. Cerró los ojos, y comenzó a sentir el viento que le golpeaba el rostro, como queriendo evitar que se acercara. Extendió los brazos, y convoco a su mente las historias que su abuelo le contaba.

Su ávida imaginación, le permitió visualizar entonces, aquel cenote, rodeado de mucha gente, ataviada con plumas de quetzal, y pieles de jaguar y pecarí. Algunos estaban tan ataviados de oro, que parecían reyes, pero había uno en particular que así lo parecía, por la elegancia y porte con que se desenvolvía, además, de ser el único que era acompañado por hombres, al parecer de servidumbre, que portaban sus estandartes, y una sombra improvisada con un manto de algodón. Si, Aleeb estaba seguro de que ese era Pakal, el rey que su abuelo le había dibujado con palabras tantas veces, en las noches en que se sentaban junto al fuego, a recordar las grandes hazañas de los señores de antaño, de los mayas que habían gobernado esa zona hace ya tanto tiempo.

 

 

 

A sus 11 años de edad, y viviendo en una aldea en medio de la selva centroamericana, Aleeb Ma-Kub era un niño muy independiente, y solía pasar bastante tiempo deambulando por la selva, y a su familia, no le extrañaba que llegara al punto del ocaso, de regreso al hogar. Sabían que era especial, porque había sido capaz de matar un jaguar a los 8 años de edad, aunque aun había gente que pensaba que solo había sido una coincidencia, o buena suerte por parte suya, de que aquel felino al abalanzarse sobre él, se hubiese encajado una vara puntiaguda que Aleeb llevaba en la mano a manera de bastón. De una manera u otra, este hecho le había dado cierto prestigio al niño, que ahora presumía ya de ser hombre, a pesar de no haber llegado aún a los 12 años que la tradición indicaba para llegar a la etapa adulta.

Y a decir verdad, si era un niño especial, pues su familia descendía directamente de los antiguos señores de Palenque, los mismos que dominaban la región en el apogeo de la gran cultura maya, o al menos, eso era lo que le había dicho su abuelo. Este último, era como un padre para él, pues Aleeb era huérfano desde muy pequeño, y carecía incluso del recuerdo de sus padres. Había sido criado por Tzamin, el anciano curandero de la aldea, su abuelo por vía materna, quien se divertía contándole cada noche, las historias que narraban la grandeza de los mayas, y los pormenores del panteón de esta cultura. Así, el niño aprendió sobre Kukulkan y las otras deidades que colmaron antaño de bendiciones, y maldiciones a veces, a los habitantes de aquel lugar, las ciudades de Palenque y Tikal.

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